| Javier's profileEl Ático del AlmaPhotosBlogLists | Help |
|
|
Última Oportunidad, Capítulo I
Todavía recordaba el atardecer en el que se había despedido de Jaime en aquella misma estación perdida entre neblinas y vapores. Desgraciadamente, en aquellos primeros días de verano de 1996 caminaba por las calles de una ciudad atrapada bajo cielos de ceniza y el intemporal paso del tiempo. -Debo irme, Aitor –le había dicho Jaime mientras esperaban la salida del ruidoso tren. En el momento de su ida, Aitor cumplía su decimoctavo cumpleaños. Un cumpleaños truncado por el dolor y la desesperación. -Lo comprendo, pero no deberías. –le había intentado convencer en vano. -Sé que me consideráis el causante de todo esto. Y no os culpo. Es la verdad. Se miraron a los ojos. Aitor supo al instante que no debía insistir más. La decisión estaba tomada. -No tuviste la culpa de nada. Y nadie te considera culpable. -Nunca se te ha dado bien mentir. –rió amargamente Jaime. No paraba de rascarse las manos y los vendajes. Por un resquicio de su raída camiseta se podía percibir un fragmento de la marca que solo hacía unos días había horrorizado a Aitor– Me has ayudado mucho. Gracias por todo. Se abrazaron durante un instante y, tras separarse, Jaime se alejó en dirección a la portilla. Una vez arriba pudo verle al lado de la ventanilla. Impulsado por el instinto golpeó el cristal para llamar su atención. -¡Jaime!, ¿volverás? –el tren se puso en marcha y continuó caminando a su lado. Jaime se incorporó de su asiento y le miró fijamente. Finalmente, sacó la cabeza por la ventanilla. -Te lo prometo. Volveré. La locomotora fue tomando velocidad y desapareció entre la espesa bruma de combustibles en incandescencia y agua hirviendo. Una promesa en papel quemado ya que, en el fondo de sus corazones, sabían nunca volverían a verse. Sin embargo, una creencia, aunque fuese falsa, siempre era reconfortante.
Ahora, diez años después, se encontraba donde todo había comenzado. Azotado por los vientos de la nostalgia y el recuerdo. Todo cuanto le rodeaba había cambiado, la ciudad había sido modernizada y la estación donde se encontraba había sufrido numerosas remodelaciones a lo largo de los años, y más si cabe después de los atentados. Sin embargo, seguía siendo una ciudad de tinieblas, embrujada por el recuerdo en cada esquina y en cada rincón. Se sorprendía al recordarse a sí mismo parado en aquel mismo lugar. Secretamente, volvía allí de vez en cuando. No sabía lo que esperaba o que debía hacer. No estaba seguro de nada. Todavía alucinaba tras la llamada que había recibido hacía apenas unas horas. Una voz conocida pero casi olvidada le había hablado. -Soy yo. -¿Jaime? –había preguntado extrañado. -Necesito que vengas. –Jaime se comportaba de manera extraña. Sin embargo, su manera de hablar por teléfono no era singular. Nadie era inconsciente de que las escuchas aleatorias eran posibles en cualquier momento. -¿A dónde? -Donde empezó todo. Misma hora. –y colgó. El pitido al otro lado retumbó en su cabeza.
El enorme y lustrado reloj de la estación se suspendía bajo el inexorable paso del tiempo, mientras sus manecillas de cobre, estáticas desde hace años, marcaban las nueve. La hora fatal. Aitor, con una inexplicable expresión de felicidad, observó el enorme dorado que se escondía tras el Naranco, el que antes fuera un pequeño pico repleto de bosques y del que solo quedaba ahora una simple sombra ahogada por la ceniza asfixiante. Tan asfixiante que ya nadie se atrevía a poner el pie en aquel desierto. Su actitud no armonizaba entre la gente que pasaba a su lado, personajes sin rostro en una sociedad de extraños, que parecía ajena a la realidad. Sólo los escáneres retinales, situados en lugares estratégicos, los conseguían despertar de su letargo como si fueran simples marionetas en manos de un titiritero imperceptible. Súbitamente, el tren apareció de entre las sombras y el sonido chirriante de los frenos desagradó profundamente a Aitor. Se quedó paralizado, recordó esa misma situación, ese mismo momento, pero de una forma diferente. Lo había leído. Todo coincidía, el sonido de los frenos, la oscuridad, los potentes focos. Todo. No apreció a la gente que abandonaba el tren a la carrera, chupatintas grapados a sus maletines, madres absorbidas por sus hijos y estudiantes de tez apagada y mirada brumosa. Tampoco apreció al viajero de mirada perdida que se bajaba del tren y observaba a su alrededor distraído. Y entonces lo comprendió, nunca volvería a ver al amigo que conocía. Nunca volvería a ver a Jaime. -Sigues teniendo la misma cara de susto de hace diez años. –un hombre alto y envejecido por las ojeras, el mismo viajero que había abandonado el tren, se encontraba ante él blandiendo una ligera sonrisa– ¿Tanto he cambiado que ya ni me reconoces? Aitor lo estudió con la mirada sin comprender. Entonces se fijó en los ojos. Esos ojos que por razones del destino o de la genética eran de diferente color le delataban. -¡Jaime! –gritó Aitor por fin. Se abrazaron durante un breve instante. Apenas podía reconocer a su amigo, una barba de dos semanas le crujía las facciones, más afiladas. Se habían separado como adolescentes y ahora, el tiempo les devolvía con las heridas de la vida talladas en el rostro– ¿Qué haces aquí? –le preguntó intrigado. -¿No puedo venir a ver a mis amigos? –Jaime sonreía pero en su voz se apreciaba, aún, el eco que dejan las cicatrices profundas. Además, el brillo de su mirada, perdido tiempo atrás, no se había recuperado. -¿No vienes para quedarte? -Sólo serán unos días. –dijo intentando darle importancia. Jaime agarró su vieja mochila remendada infinitas veces y caminaron hacia la salida. -Me parece increíble que no traigas más equipaje. –Aitor estaba perplejo. Jaime había vuelto con los mismos enseres con los que había huido. -El auténtico viajero tiene por única maleta su propio corazón. –insinuó Jaime blandiendo una sonrisa sombría tomada seguramente de alguna novela de García Márquez. Una vez fuera el viento les azotó violentamente en la cara. Se avecinaba tormenta. Apuraron el paso acurrucando la barbilla contra el cuello con el fin de proteger su rostro. No volvieron a hablar hasta que el sonido de la puerta retumbó a sus espaldas. -Te puedes quedar el tiempo que quieras –comentó lúgubremente mientras encendía la ligera luz de la diminuta entrada que apenas les permitía verse. -Gracias pero no será mucho. –Jaime se agachó frente a su mochila, la abrió y comenzó a removerla buscando algo. -Y entonces, ¿para que has venido? –inquirió violentamente Aitor mientras su amigo le miraba desde el suelo– Si no vienes para quedarte, ¿has venido a hacer una visita? –ironizó con una risa de angustia – Habrás cambiado mucho pero, si algo sé, es que tú no haces eso. Jaime crucificó una mirada contra el suelo y tardó varios segundos en volver a hablar. Cuando lo hizo sus palabras sonaron entrecortadas, llenas de duda y desesperanza. -Nada ha vuelto a ser igual desde lo que pasó. Estoy cansado y quería volver, aunque fuera unos días. Además… -¿Qué? -Quería saber si me habíais perdonado. Aitor se quedó mudo ante la declaración de su amigo. No pudo evitar imaginarse a Jaime vagando por el mundo siendo continuamente asaltado por los recuerdos, la nostalgia y los remordimientos. Parecía que el auténtico Jaime, el que había perdido su alma, volvía a aparecer detrás de todas aquellas medias sonrisas en las que se escondía. -Déjate de tonterías. No se puede vivir eternamente en el pasado. –lo animó Aitor sacudiéndole el hombro ligeramente. Sabía cual era la razón por la que se había enfadado y estaba seguro de que Jaime lo comprendía. Ante las desgracias era habitual buscar responsables donde no los había y hacerles daño con duras palabras con el fin de aliviar el espíritu propio. Recorrieron el angosto pasillo que dividía la casa. Aitor vivía en penumbras y el piso de reducía a una pequeña salita que hacía las veces de cocina, comedor e improvisado despacho. Dos habitaciones sin ventana, a modo de dormitorios, y un diminuto baño completaban el lugar. A pesar de todo, el mobiliario y los suelos se mantenían en un estado de pulcritud absoluta. La precariedad de la casa había provocado varias miradas de disculpa y vergüenza por parte del dueño. Sin embargo, Jaime se mantenía ausente y no disgustado por el lugar, más bien a contrario. -¿Quieres un café? –le ofreció Aitor al llegar a la sala principal. Jaime se limitó a asentir con la cabeza, pensando que seguramente esa iba a ser su única cena. Cuando volvió con un par de tazas agrietadas, tendió la de café negro a Jaime, quedándose la de café con leche para él. Jaime tomó la suya y continuó mirando una serie de grabados que estaban colgados el la pared del escritorio. Constituían, prácticamente, la única decoración del piso. -Yo he estado ahí. Jaime señalaba con la cabeza un grabado que representaba un antiguo edificio de París. -¿Has ido allí? –preguntó extrañado. -He estado viviendo en París, en una buhardilla frente al Sena, durante el último año. –explicó Jaime sin dejar de observar el encuadrado. -¿Cómo? Yo creía… Parecía recién sacado de un profundo sueño. Lo miraba con una expresión de sorpresa y susto, y la mandíbula parecía desencajada. -Pensabas que había estado viviendo como un vagabundo, ¿no? Crees que la he traicionado, ¿verdad? –Aitor se volvió y se sentó en uno de los sillones pareja– Yo me sentí así durante mucho tiempo. Y por si lo estás pensando, no, no la he dejado marchar. Jaime se giró por fin y se sentó junto a su amigo en el sofá contiguo. Se mantuvieron en silencio durante mucho tiempo. Sólo se percibía el continuo movimiento de las manecillas del reloj de pared que producían un ruido estruendoso y un eco que recorría el piso. Cuando la potente sirena del toque de queda resonó por toda la ciudad, Jaime supo que se había hecho tarde. Se levantó y recogió las tazas para llevarlas a la cocina, las fregó en un momento y al volver a la salita se encontró a Aitor con la mirada perdida en el suelo, tal y como lo había dejado. -Creo que deberíamos… -No, –lo cortó Aitor. Lo invitó a sentarse de nuevo con una mirada– quiero que me lo cuentes. Perdón por haberme puesto así. -No pasa nada. -Creo que, en el fondo, esperaba que estuvieses cumpliendo una pena por lo que pasó. Jaime cerró los ojos y se recostó contra el sillón. -Cumplo condena. Pero París me dio la oportunidad de cumplir uno de mis sueños y no podía desperdiciarla. -Lo entiendo. -Hace unos años, mientras estaba en Lyon, conocí a un tipo. Un editor. Estuvimos hablando y terminó convenciéndome de que le mostrase una copia de mis manuscritos. Días después me llamó desde París, donde tenía la sede de su editora. Estaba interesado en publicar mis relatos en un solo tomo. –Jaime hizo una breve pausa en la que sonrió levemente– Vendió trescientos noventa ejemplares. Varios miles de ejemplares por detrás del éxito del año. Al terminar, rió amargamente durante unos segundos y quedó en silencio. -Me habrás traído una copia para que la lea, ¿no? –preguntó de repente Aitor. Jaime lo miró extrañado, con sorpresa. Tras un leve suspiro, Jaime abrió su mochila y sacó un paquete envuelto en papel negro. -Los conoces casi todos, pero bueno. –dijo mientras se lo tendía. Aitor rasgó en envoltorio y observó la tapa. Dernière Opportunité, por Jaime Balmes. Dejó pasar las hojas al vuelo, aspirando ese dulce aroma de historias y cuentos perdidos en la memoria. Se fijó en la tercera página, en la que rezaba la dedicatoria en francés. Pour I -¿Todavía te acuerdas de ella? -Es la única mujer a la que he amado. -Lo sé. Última OportunidadCerró los ojos y no pudo evitar pensar en lo ocurrido hacía tanto tiempo. Recordó el dolor, mucho dolor. Defendiendo inútilmente su castillo de papel de gigantes que ni siquiera podía ver. Siempre se las había arreglado solo. -Yo resuelvo mis propios problemas. –solía decir. No necesitaba a nadie más, una familia de un solo miembro.
Irremediablemente, parecía predestinado a padecer de la soledad, como una característica innata en sí. Su soledad se hacía evidente, ya que su inhabilidad para expresar el amor le hacían esconderse temerosamente. Vivía aislado del tiempo y el espacio. Lo sabía desde niño.
Durante muchos años ni siquiera distinguía sus propias pesadillas de la realidad. No sabía si estaba despierto o sumergido en su propia y oscura realidad. De todos aquellos años de desvaríos, sólo recordaba una cosa. Quizás algo real. Quizás un simple sueño. Lo que si sabía es que si lo recordaba, había una razón.
Interminables pasillos, corría desesperado, buscando un puerta, una salida, pero parecía abandonado. Los llantos de un recién nacido surgían de repente. Herido por las lanzas eternas de las nostalgias propias y ajenas, admiró la impavidez de la telaraña en los rosales muertos, la perseverancia de la cizaña, la eterna paciencia del aire en el radiante amanecer. Y entonces veía al niño. Era un pellejo hinchado y reseco, que todas las hormigas del mundo iban arrastrando hacia sus madrigueras. Al acercarse al cadáver, veía en la desfigurada cara del pequeño sus propios rasgos.
Comprendía que siempre estaría solo. Comprendía que sus espejismos y él mismo serían arrastrados por el viento y desterrados de la memoria. Comprendía que todo lo que había visto era irrepetible desde siempre y para siempre, porque los condenados a padecer una vida de soledad no tenían una Última Oportunidad. ReencuentrosLlego al final del trayecto. El viaje en tren ha sido eterno, y más si mi única compañía es una vieja maleta. No tenía noción de que Madrid estuviese tan lejos de mi ciudad natal. Al bajarme y pisar la estación capto el olor tan característico de Oviedo. Ese olor, mezcla de humo de chimenea, hojas quemadas y castañas asadas provoca en mí un sentimiento de melancolía y hace que me de cuenta como echaba de menos esta ciudad.
Empiezo a caminar. Sin rumbo fijo. Sólo quiero pensar un poco antes del reencuentro. Ante mí se extiende una larga avenida. Como ha cambiado desde mi ida. Modernos edificios han sustituido a las pequeñas casitas. Según camino aprecio que multitud de tiendas han surgido por doquier, he incluso algunas constituyen edificaciones por si mismas.
Por fin llego a un sitio que conozco. El Parque de San Francisco se alza matesteusamente ante mi. Tan verde y tan lleno de vida como siempre. Se mantiene imperturbable. Viendo pasar generaciones y generaciones de buenos ciudadanos.
Poco a poco se va haciendo de noche y el frío comienza a apretar. Mi chaqueta es demasiado fina para el final del otoño que en pocos días se convertiría en crudo invierno.
El Parque se acaba y deja paso a la parte más antigua. La base para la ciudad en la que después se convertiría.
Estoy cansado. Me siento en un banco a recuperar fuerzas y observar a la gente que pasa. Un par de policías patrullando, un viejete dando de comer a las palomas, unos jóvenes viviendo su primer amor... La ciudad había sufrido una profunda transformación pero la gente seguia siendo la misma. Con el mismo espíritu y con la misma alma.
A lo lejos veo el mercado. Con tanta historia como la propia ciudad. No quiero acercarme. Hay mucha gente y nunca me han gustado las multitudes. Sin embargo desde aquí puedo ver como los tenderos hacen lo posible por vender sus productos mientras los compradores regatean para hacer precio lo más asequible posible.
Decido acabar mi trayecto visitando el icono ovetense. Al presentarme ante ella se me saltan las lagrimas. La Catedral se emcumbra imponente ante mí. No sabría decir si es Gótica o Romántica. Nunca he sabido de arte. Pero se que es preciosa.
Bienvenido.
|
|
|